Blog

2. Cuando el cuerpo recuerda quien eres.

C

rónica de una danza hacia la conciencia.

Todavía puedo sentir el eco de los tambores en mi pecho. No son solo sonidos; son pulsos que despiertan algo antiguo, algo que habita en lo más profundo del cuerpo. Esa tarde llegué al evento sin muchas expectativas, pero con la curiosidad abierta. Había escuchado sobre el Ecstatic Dance, una práctica donde se danza sin juicio, sin pasos preestablecidos, sin necesidad de hablar. Solo moverse, dejar que la música guíe y el cuerpo exprese lo que a veces las palabras no alcanzan.

La sesión comenzó con una toma de cacao ceremonial. Un pequeño ritual que, más que un acto simbólico, resultó ser una puerta hacia dentro. El cacao, cálido y aromático, se sintió como un abrazo líquido que iba ablandando el pecho y abriendo el corazón. En silencio, cada uno cerró los ojos. El facilitador -una presencia serena y profundamente conectada con su propósito- nos invitó a respirar, a enraizarnos, a permitirnos sentir. Desde ese instante comprendí que aquello no era solo una sesión de danza: era un viaje hacia la conciencia, una forma de volver a casa.

Cuando la música comenzó, las luces se volvieron suaves y el espacio se transformó. La sala, con su amplitud y su atmósfera vibrante, se convirtió en un refugio donde cada persona podía ser libre. No había coreografía, ni mirada crítica. Solo cuerpos vivos, moviéndose al ritmo del alma. A veces con fuerza, otras con delicadeza, siempre con verdad. En pocos minutos, los pensamientos se disolvieron y lo que quedó fue presencia: el instante puro, sin máscaras.

El proyecto Ecstatic Dance Donostia es más que una propuesta; es la materialización de un sueño vital. Nació de una visión joven, noble y comprometida, que busca integrar lo personal, lo humano y lo social en una misma expresión de bienestar. Quien lo impulsa no solo organiza sesiones: sostiene un espacio de transformación, un laboratorio emocional donde cada encuentro es una oportunidad para sanar, compartir y expandir conciencia.

Durante la danza, atravesé momentos de risa, de catarsis, de silencio absoluto. Hubo un instante en que sentí que el cuerpo se movía solo, sin esfuerzo, como si una energía mayor me habitara. Lo llaman estado expandido de conciencia, y tiene sentido: uno deja de ser un “yo” limitado para fundirse con el ritmo, con la música, con los demás. Es una experiencia de libertad profunda, casi sagrada.

Los efectos son palpables. Al finalizar, los asistentes no salen igual que entraron. Hay brillo en las miradas, serenidad en los gestos, gratitud en el aire. Se respira una presencia más sana, una fuerza vital renovada. Nadie compite, nadie pretende; simplemente se comparte la alegría de estar vivos, de tener un cuerpo capaz de sentir, de expresar, de sanar.

Esa noche comprendí que el Ecstatic Dance no es solo moverse; es recordar. Recordar que la vida también se baila, que dentro de nosotros habita una sabiduría que despierta cuando soltamos el control. Es un lenguaje sin palabras que conecta con lo esencial. Y cuando termina la música, algo en ti sigue danzando, más ligero, más consciente, más tú.

Por Martha Ortega.

1. Etxean nago

Ecstatic Dance esperientzia eraldatzaile gisa bizi dut, eta horrek aukera ematen dit autoezagutzaren bide zirraragarrian aurrera egiteko.

Nire barruko dantza dantzatzen dut, sinesmenak, aurreiritziak eta baldintzapenak desagertzen dira eta burua hustu egiten da. Dantzan murgildurik, kontzientzia hutsarekin, pentsamenduetatik libre nago. Errealitatearekin bat egiten dut eta nire burua den bezala ezagutzen dut. Nire arreta hemen eta orainaldian jartzean meditazioa gertatzen da. Horretarako prest eta irekita nagoenean miraria gertatzen da. Dantzaldian dena ematen dut, ni neu naiz, momentuan nago eta esperientziak eraldatu egiten nau. Modu aske eta espontaneoan dantzatzen dudanean, nire eguneroko formak eta mugak desagertu egiten dira. Energiek elkarri eragiten diote eta unibertsorako ate irekian bihurtzen naiz, osotasunaren parte bihurtuz. Ulertu dut. Dena primeran dago. Etxean nago.